Bicentenario

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Ciudadano y Popular

martes, 13 de mayo de 2008

Para que todos se enamoren de la noche, desenamorándose del sol


(nunca faltes a una clases... te pierdes de lo mejor)

Corred, corred a la casa de Febo, alados corceles del sol. El látigo de Faetón os lance alocaso. Venga la dulce noche a tender sus espesas cortinas. Cirra sol tus penetrantes ojos, y deja que en el silencio venga amí mi Romeo, e invisible se lance en mis brazos.

El amor es ciego y ama la noche, y en la luz misteriosa cumplen sus citas los amantes. Ven, majestuosa noche, matrona humilde y negra túnica, y enséñame a perdeer en el blando juego, donde las vírgenes empeñan su castidad.
Cubre con tu manto la pura sangre que arde en mis mejillas.

Ven, noche; ven, Romeo, tú que eres mi día en medio de esta noche, tú que ante sus tinieblas pareces un copo de nieve sobre las negras alas del cuervo. Ven, tenebrosa noche, amiga de los amantes, y vuélveme a mi Romeo.

Y cuando muera, convierte tú cada trozo de su cuerpo en una estrella relumbrante, que sirva de adorno a tu manto, para que todos se enamoren de la noche, desenamorándose del sol.

domingo, 4 de mayo de 2008

El Paracaidista


(A los extraños...)

Me gusta esta tierra, burgués, pero no me gusta Su gente. ¿Quién es el enemigo?, ¿Tu eres amigo o un enemigo? ¿A quien debo defender y a quién debo atacar? No sabiendo quien es el enemigo le dispararé a todo el que se mueva.

Me gusta esta tierra, sí, pero extraño los viejos tiempos.

Tengo nostalgia por las lámparas de aceite, por el esplendor de la marina con velas. Tengo nostalgia de la época colonial, de las verandas y del grito de los sapos búfalos, la época de las largas noches en que cada quién en su lugar se acostaba en la hamaca, se mecía en la mecedora o se acurrucaba bajo el manglar, cada quién en su lugar y tranquilo en su lugar, y su lugar era de él. Tengo nostalgia de los pequeños negritos corriendo entre las patas de las vacas, y a los que espantábamos como a las moscas.

Sí, quiero a esta tierra y nadie debe dudarlo, me gusta la Francia de Dunkerque a Brazzaville, porque en esta tierra hice guardia en sus fronteras, camine noches enteras con el oído al acecho y la mirada hacía el extranjero.

Y ahora me dicen que debo olvidar mi nostalgia y que ese tiempo ya se ha ido. Me dicen que las fronteras se mueven como las crestas de las olas, ¿Pero muere uno por el movimiento de las olas?

Me dicen que una nación existe y luego ya no existe más, que un hombre encuentra su lugar y luego lo pierde, que los nombres de las ciudades y de las propiedades y de las casas y de las gentes en las casas también cambian en el transcurso de una vida, y entonces todo se encuentra en otro orden y ya nadie sabe su nombre, ni dónde está su casa, ni su país ni sus fronteras. Ya no sabe lo que debe cuidar. Ya no sabe quien es el extranjero. Ya no sabe quién da las ordenes.

Me dicen que es la historia la que maneja al hombre, pero el tiempo de la vida de un hombre es infinitamente corto, y la historia, una vaca gorda adormecida, cuando termina de rumiar da una patada con impaciencia. Ahora viene la guerra y mi único reposo será la muerte